Hasta hace 200 años (es decir, antes de la era industrial), tenemos muy poca información escrita sobre la lactancia materna.
Se supone que las madres amamantaban a sus hijos sin descanso durante un periodo comprendido entre dos y cuatro años, tal como se observa todavía hoy en los pueblos primitivos.
En la actualidad, esta actitud de apoyo a la lactancia materna se ha visto reforzada.
Para poder llevar a cabo con éxito este apoyo, se ha preparado adecuadamente al personal sanitario; de tal modo que sus integrantes estén altamente cualificados para dar la orientación necesaria a las madres.
Asímismo, obstetras y pediatras imparten Cursos de preparación al parto dirigidos a los futuros padres con la misma finalidad.
En esa época la mujer empezaba a incorporarse al mundo laboral, hasta entonces mayoritariamente masculino.
También las embarazadas comenzaron a frecuentar los hospitales para dar a luz, y debido a la alta mortalidad de los recién nacidos (la infección neonatal era muy frecuente), los niños eran aislados en recintos especiales.
Todos estos hechos favorecieron el inicio de una lactancia materna a intervalos regulares de 3 horas, y que los bebés no permanecieran con sus madres después del parto.
En el transcurso de los años 70, y con el auge de los movimientos naturistas, se procuró nuevamente que los hijos estuvieran con las madres desde el momento del parto (ROOM-IN) porque se consideró que en estos primeros minutos de vida se establece un vínculo muy fuerte entre madre e hijo, que favorece en gran manera el desarrollo del bebé y, entre otras, cosas la lactancia.
En 1901, en Nueva York, el Dr. Holt realizó una medida de la capacidad del estómago de los recién nacidos: este experimento indicó que las necesidades fisiológicas de los bebés quedaban perfectamente atendidas administrándoles la alimentación cada tres horas.
Esta observación fue publicada en su tratado de
Pediatría y en un libro-guía para padres.